El Musical "Vaselina" llega a la Sala Ríos Reyna...
La noche en que el rock & roll sanó las grietas: Crónica en la terraza del Teresa Carreño, más que una rueda de prensa...
Hay un instante exacto, antes de que el micrófono se encienda formalmente ante los medios, en que el aire de Caracas se siente distinto. Estábamos en las terrazas del Teatro Teresa Carreño. La brisa de la mañana traía ese olor dulzón a concreto húmedo, a café recién destilado y al murmullo apresurado de decenas de periodistas acomodando trípodes y ajustando grabadoras. Un espacio para saludar a los colegas, a personalidades que admiras y para conocer nuevas caras. Pero no era una rueda de prensa común. Había una prisa contenida, una urgencia casi dramática: los protagonistas debían posar para la foto oficial de entrada y salir disparados hacia el foso y los camerinos para el ensayo general.
📹 Video Reseña de Vaselina
Al lado mío estaba nuestra aliada Ilka Pacheco, nadie mejor para compartir la emoción, y yo rompía el silencio y la tensión de la terraza de grabar nuestro comentario entre pausa del intermedio, con una calidez familiar y mi frase de inicio: "Buenas tardes, amigos invisibles... ¿vinimos a ver...? Vaselina...". Pero, en mi tono no había la pose sobria del crítico distante, sino la chispa intacta del fanático que ha pasado décadas respirando cine, radio y televisión. Una mirada de complicidad, un gesto breve con la cabeza y el aviso claro, para que Ilka nos comentara: "Vaselina es un musical de Clas Producciones... y hay muchas incidencias que tienen que escuchar, porque esto es, además, un reto titánico para el Teresa Carreño que reabre sus puertas".
"Es difícil... fue difícil decir pre... hacer la pregunta: '¿Volvemos?'... Pero al encontrar un equipo de trabajo, un equipo que no dudó en decir: 'Sí, lo necesitamos', y entender ahora lo que significa poner en escena Vaselina..." — Claudia Salazar Gómez
Y entonces, el murmullo cedió paso a las confesiones.
La arquitectura de un refugio
Mientras las luces de la terraza comenzaban a encenderse, la conversación con la producción reveló las dimensiones de lo que estábamos a punto de presenciar. Cero pistas grabadas. Diez músicos ocultos tras la escenografía ejecutando cada acorde en tiempo real. Un escenario, el de la Sala Ríos Reyna, cuatro veces más grande que el promedio de cualquier teatro en Broadway, que obligó a sumar diez bailarines adicionales solo para llenar ese vacío colosal que amenaza con tragarse a cualquiera que no pisotee las tablas con fuerza.
Pero la verdadera tensión no estaba en los números ni en la logística de más de 300 almas trabajando tras bastidores. La grieta era más profunda.
El teatro venía de sufrir afectaciones estructurales serias por un terremoto reciente. Plataformas atascadas, tramoyas que no bajaban, ingenieros trabajando a contrarreloj mientras el elenco ensayaba a oscuras. Y en medio de esa fragilidad técnica, surgió la revelación de su director general, Elvis Chaveinte, en uno de esos silencios incómodos y reveladores que paralizan a una sala completa:
"Nosotros estamos atravesando por un proceso de duelo... Eso te hace mejor, y al hacerte mejor, el producto termina siendo hermoso por consecuencia. Yo estuve a punto de no hacer esto. Mi madre se me fue en el terremoto... Pero ella me preguntaba todos los días cómo iba la obra, cómo iba Vaselina. Y cuando se me fue, estuve muy mal, pero por ella lo fui haciendo. Este proceso ha sido muy hermoso."
En ese momento, la rueda de prensa dejó de ser un evento promocional para convertirse en una sesión de sanación colectiva. Escuchar a Chaveinte recordar cómo desnudó la obra «saltándose el barniz edulcorado de la película de 1978 para regresar al libreto teatral original de 1971, cargado de la rebeldía, la testosterona y los dilemas reales de la juventud» fue comprender que el arte en Venezuela no es mero entretenimiento: es un acto de pura resistencia.
La epifanía del espectador
Mientras los veía desde un costado del panel de prensa, en silencio, pensaba cómo los cinéfilos muchas veces caemos en la trampa del análisis frío, en medir la luz, la ecualización o el ritmo del montaje. Pero allí, frente a la inmensidad del lobby de la Ríos Reyna que se preparaba para abrir de nuevo sus puertas, entendimos algo fundamental: Grease no es solo chaquetas de cuero y gomina en el cabello. Es la necesidad biológica de rebelarse contra el dolor, de cantar más fuerte cuando todo alrededor parece tambalearse.
Ver la entrega de un Víctor Drija encarando a Danny Zuko en solitario para todas las funciones, o escuchar la emoción contenida de Gisbeli Roa al recordar que para una muchacha que viene desde Caicara del Orinoco estar en ese escenario parecía un sueño imposible, nos devolvió a la raíz de por qué amamos esto.
Párrafo aparte merece la presencia escénica de Claudia Rojas, quien entrega una interpretación sencillamente soberbia y deslumbrante. Este ha sido, sin duda alguna, un año absolutamente increíble para una artista que va mucho más allá del abrumador talento técnico que proyecta en cada escena; Claudia es, en sí misma, una auténtica fuerza de la naturaleza. Su capacidad para adueñarse de las tablas, matizar la psicología de su personaje con una naturalidad pasmosa y transmitir una carga emocional tan genuina convierte cada una de sus intervenciones en un espectáculo aparte. Verla desenvolverse en esta puesta en escena no solo confirma su madurez actoral, sino que reafirma por qué se ha consolidado como uno de los nombres más sólidos, vibrantes e indispensables del panorama artístico nacional.
"Bueno, y del cine a las tablas...", comentaba cargado de emoción en el videocomentario para los aliados de 8vo Arte, entre risas y una devoción absoluta: "Una maravilla... yo lo estoy disfrutando muchísimo, soy fan de la película, así que estoy disfrutando cada música y cada vuelta. ¡Se me salieron las lágrimas de la emoción!". Y fue literal ver a Rizzo encarnada en Claudia Rojas, y ver escenas icónicas cobrar vida frente a mí; no hay palabras, sencillamente no hay palabras.
Ahí estaba la vulnerabilidad del espectador. Esa lágrima que se escapa a traición cuando la música en vivo arranca y el ensamble completo toma el escenario no por cumplir un libreto, sino para reclamar su derecho a estar vivos.
El reencuentro de las artes con quienes amamos la Ríos Reyna
Al caer la noche sobre Caracas, las puertas del Teresa Carreño ya no parecían las de un edificio en reparación, sino las de un templo recuperado. Vaselina logró algo que pocos espectáculos consiguen: unir en una misma fila a quienes vieron la película en el cine hace cuatro décadas y a los jóvenes que hoy descubren por primera vez la energía electrizante del rock & roll.
Nos fuimos de la terraza con la sensación de haber sido testigos de algo más grande que un estreno. La función ya estaba sold out, pero la verdadera victoria no estaba en la taquilla, sino en la certeza de que la cultura en nuestro país siempre encuentra la forma de florecer entre las grietas. Conocer historias de personas que venían de otras ciudades a pasar un full day de cultura, arte y música fue y es abrumador.
¿Cómo cerramos aquella conversación?, casi a regañadientes porque nadie quería que la noche terminara: "Así que bueno, muchas incidencias por aquí... para más información en @8voarte3 y @cinefiloipunto... ahora, nos vemos todos los sábados al mediodía en nuestra agenda cultural", afirmaba Ilka Pacheco en el cierre de nuestro videocomentario. "¡Abrazos a todos, chao!".
Lo cierto es que, al final del día, mientras haya historias que contar y música sonando en vivo, el telón nunca se va a caer. Hasta la próxima reseña.
Nota de Ender Goyo de Cinéfilo iPunto para 8vo Arte.


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